lunes , mayo 21 2018

¿Es laicismo o xenofobia?

 

La injusticia no tiene una sola dirección. No va de arriba a abajo o de derecha a izquierda sino que se extiende como una red sobre la totalidad de la sociedad creando vínculos y relaciones de poder entre todas las personas. Nadie está libre de oprimir ni de ser oprimido. Todos/as estamos atrapados/as en este tejido social que no es más que un tul de redes.

Sin embargo, lamentablemente, a menudo recurrimos a corrupciones en los debates para intentar que la conversación vire en una dirección que nos haga evitar la revisión de nuestros propios privilegios. Para ello, históricamente, se ha desarrollado un análisis binarista de sociedad que la representa en términos absolutos de sujetos vencedores y vencidos, de opresiones y privilegios. Desde mi punto de vista, este es un resumen simplista que no se corresponde con lo que vivimos día a día, en primer lugar porque en cada persona hay identidades múltiples (por ejemplo se puede ser blanca y lesbiana, negro y heterosexual, millonario y neurodivergente…). En segundo lugar porque esas identidades son muchas veces mutables (la niña que será adulta, el pobre que fue rico…) y en tercer lugar porque una misma identidad puede ser opresora y oprimida al mismo tiempo (maternidad, profesorado…). Ocurre además que la valoración de los discursos en primera persona, el postmoderno no hables de la opresión que no sufres, está en completa disonancia con el derecho a no salir del armario, a la posibilidad de guardar en la intimidad las partes conformantes de nuestra identidad que creamos oportunas.

Esto que describo, este galimatías de transversalidades y opresiones, es la confusión conceptual que usan las izquierdas cuando intentan hacer pasar su xenofobia por laicismo y por una supuesta protección a minorías religiosas.

Creo que el racismo y la xenofobia de la derecha están bien evidenciados porque parten de discursos claros, de textos orales y escritos abiertamente segregacionistas. En cambio el carácter discriminatorio de la izquierda en Europa se apoya en una manipulación y apropiación de discursos que, en un principio, se elaboraron exactamente con el propósito contrario al que el socialismo y otras corrientes similares los usan. Estamos por tanto ante un racismo velado y maquiavélico.

Esto de la manipulación en el discurso de izquierdas viene ya de antiguo. Si miramos atrás podemos ver como uno de los primeros feminismos teorizados, el de la igualdad, se mostró aliado de la lucha marxista y anarquista durante la guerra civil en española. En la obra de la magnífica novelista Luisa Carnés, concretamente en su libro Tea Rooms, encontramos numerosas ejemplos de cómo el anarquismo de la época se aprovechó de la lucha feminista. Sobre todo en sus últimas páginas encontramos fragmentos tales como este:
“Ya que los hombres luchan por una emancipación que a todos nos alcanzará por igual, justo es que les ayudemos; justo es que nos labremos nuestro propio destino.”
Al leer este fragmento en concreto sentí un deseo enorme de poder viajar en el tiempo para avisar a nuestras abuelas y advertirles de la estafa. Quise poder gritarles desde el s. XXI: “¡Compañeras, los de que nos alcanzará a todos por igual es mentira, se quedarán ellos con todo el pastel!”. Pero luego me di cuenta de que ellas, en el fondo, ya se sabían camaradas de segunda porque, si analizamos el fragmento con atención, encontramos lo de justo es que les ayudemos ¿Y no es eso lo que ellos hacen cuando lavan los platos, “ayudarnos”? ¿Y no nos parece que ese tipo de colaboración en los cuidados es una forma de asumir los mismos como algo ajeno en lo que colaboras sin verdadera convicción? Las feministas de la igualdad fueron anarquistas sin verdadera convicción, el lenguaje las delata.

Prosigue Carnés con un discurso ya abiertamente laico:
“Si Laurita hubiese poseído una cultura media, no hubiese estado dominada por prejuicios seculares de religión y tradición…”.
Esta frase es un claro ejemplo de cómo la izquierda laica racionalista sufre, en el fondo, del propio clasismo contra el que lucha, prestigiando sólo el lenguaje académico frente a saberes orales, populares y no universitarios (tan tradicionalmente femeninos como proletarios, no europeos y no blancos). Nos acusan a los creyentes de atender a dogmas pero sospecho que más de uno pone velas e inciensos a Descartes (que por cierto, era racionalista y cristiano). Yo, en cambio, sueño, no con un mundo donde las mujeres sean rectoras en la universidad, sino con un mundo sin puestos prestigiados del saber en el que las enseñanzas de las abuelas tengan tanto valor como el de las doctoras.

Pero el momento de Tea Rooms que, a mi entender, es más descriptivo del abono académico blanco en Carnés es:
“Mas la mujer nueva ha hablado también para todas las Matildes del universo.”
Matildes del universo, uníos. Este momento Star Wars de la novela nos revela como la universalización del concepto de mujer bajo el paradigma europeo y académico es la base sobre la que el feminismo de la igualdad se alía a la izquierda. A través de él se consigue imponer un modelo opresivo a todas las mujeres que sienten, aprenden y viven lejos de la universidad, de lo escrito, de lo racional, de lo masculinizado, de lo europeo, de lo blanco y/o de lo laico.

Leyendo a Carnés desde nuestra época podríamos pensar que, tras más de cuarenta años de estafa de la izquierda y de oposición clara de la derecha, quizás ya las feministas hemos tenido tiempo de aprender a diferenciar entre la lucha de clase, la de género y la de raza… pero no. Ejemplo de que la confusión sigue a la orden del día la encontramos en el trabajo de la socióloga francesa Caroline Fourest. Ella afirma que la derecha apoya el uso del hijab en la universidad para debilitar al laicismo académico y sacar propio provecho en cuanto a licencias en el uso de simbología religiosa es espacios estatales. Es decir, la derecha no estaría, según ella, interesada en apoyar el uso del hijab sino en que dicho uso pudiera traducirse en el beneplácito para manifestaciones cristianas dentro de la universidad. Fourest alude además a la peligrosidad de poder identificar, por su vestimenta, a las personas musulmanas en los espacios públicos aludiendo a la posibilidad de que sufran una mayor discriminación. Todo esto, traducido a un lenguaje no académico, se podría resumir en la frase: “sé musulmán, pero que no se te note” o también “yo tengo una amiga musulmana y es normal”. Es decir, se impone a las personas religiosas la obligatoriedad de no salir del armario. El laicismo, de forma patriarcal y paternalista, nos gestiona la lucha a los religiosos “por nuestro propio bien”.

En realidad, el problema del laicismo es que no se da cuenta de que es, en sí mismo, un modelo. Nos dicen: “no pueden haber símbolos religiosos en las escuelas”, sin darse cuenta de que hay un paradigma laico. No existe un prototipo social aséptico, todo es cultural, la persona laica no nace, se hace, y cuenta con sus propios dogmas irrefutables. La ausencia de símbolos religiosos es, en sí, una simbología laica.

Para terminar me gustaría hacer hincapié en el hecho de que la religión está, ineludiblemente, unida al concepto de cultura y de raza. Como andaluza y cofrade me doy cuenta de cómo desde el feminismo se nos sigue viendo a las mujeres del sur de la península como feministas racializadas y por tanto, de segunda y como a cualquier manifestación de nuestra identidad se le reserva el sambenito de eslabón débil, exótico, folklórico e inculto del feminismo. Esto me molesta y me hace hermanarme con el feminismo musulmán, al que admiro y del que aprendo cada día.

 

Alicia murillo

Acerca de Almudena

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